Tu boca viene a mí
Tu boca viene a mí, solo tu boca.
Saqueo
Como un depredador entraste en casa,
De De círculo y ceniza
Canción del sodomita
Habrá una grandísima peste...
Han izado el amor. Lo están clavando
De El hilo de los días
"It's a poem, a stink, a grating noise, a quality of light, a tone, a habit, a nostalgia, a dream". Cannery Row. John Steinbeck.
Su raciocinio es mero realismo mágico. “Como yo, Piedad Córdoba, no creo en los computadores de Raúl Reyes, entonces los computadores de Raúl Reyes no existen.” Puro y simple pensamiento salvaje, como lo registró Claude Lévi-Strauss. Para ella, la realidad es prolongación o tentáculo o reflejo de su pensamiento, no al revés.
Hace unos años a un ministro del Interior le dio un embeleco parecido. “Como yo, Fernando Londoño Hoyos, creo que ya no hay ni una mata de coca en el Putumayo, entonces, por arte de birlibirloque, ya no hay ni una mata de coca en el Putumayo”. Incluso hizo un reto: “¡muéstrenme una, si son capaces!” ¿La realidad es reflejo del pensamiento o el pensamiento es reflejo de la realidad?
El coronel golpista no se queda atrás. “Como yo, Hugo Chávez Frías, creo que Venezuela es socialista, entonces Venezuela es socialista.”¿Esquizofrenia? ¿Idealismo? ¿Harry Potter a la criolla? ¿Disfunción epistemológica? ¿Exceso de fluoxetina?
Hasta ahora, sin embargo, el campeón es europeo. “Como yo, Frederich Blassel, de Radio Suisse Romande (RSS), creo que el rescate de Íngrid y compañía es un montaje, entonces el rescate de Íngrid y compañía es un montaje”. Onanismo cósmico, más bien: una patraña en la que se pusieron de acuerdo, entre otros, Íngrid, los 11 policías y militares, los 3 gringos, el presidente Uribe, el ministro Santos, los generales Padilla de León y Montoya, Yolanda Pulecio, Melanie y Lorenzo, Juan Carlos Lecompte, Luis Eladio Pérez, Sarkozy, Carla Bruni, George W. Bush, Fidel Castro, el alcalde de París, la CNN en español, la BBC de Londres, Cristina Kirchner, Michelle Bachelet, Lula, Benedicto XVI. Y, por supuesto, las Farc con sus comandantes César y Enrique Gafas y Alfonso Cano y las guerrilleritas que custodiaban el cocal como si estuvieran en una tomatera. Los montajes son como el cohecho: siempre se necesitan dos partes: cohechadores y cohechados, los que la montan y los que se la dejan montar.
Esta deformación cognoscitiva o ideológica parece contagiosa. Rafael Correa y Daniel Ortega y Evo Morales también piensan, contra toda evidencia, que la realidad es obra y gracia de sus mentes. Como tampoco creen en los computadores de Raúl Reyes, entonces los e-mails del Mono Jojoy y de Iván Márquez son ficción. Como creen que la guerrilla aún es insurgente, entonces las Farc son comunistas como Marx y Engels. Como no creen que el pueblo colombiano se opone al bandolerismo mamerto, entonces las marchas en contra de la guerrilla son una maniobra de la embajada del “Imperio”. Creen que de sus lucubraciones personales surge el mundo material, ni más ni menos. ¡Allá ellos!
Pero casi siempre los hechos de la vida son más tozudos que la fantasía o el deseo. Puede que Piedad Córdoba no crea o no quiera creer en los computadores de Raúl Reyes… pero que los hay, los hay.
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Rabito de paja.- A la izquierda colombiana, huérfana de autocrítica, le convendría deslindarse de las alucinaciones de estos compadres, incluida la comadre, y hacer, como se acostumbraba antes, “un análisis concreto de la realidad concreta”. Aunque duela y sepa a cacho.
Sonaron unos disparos: las masas no dudaron en dispersarse. Mientras huíamos (o nos replegábamos) por las solitarias vecindades, Rubiano tuvo el pulso firme (o tembloroso) para operar su Nikkon. La fotografía aún me parece perfecta: está movida y borrosa, eso sí, y se ve un gentío que brinca acá y allá, unos se agachan despavoridos, otros alzan los puños o abren las bocas, un fulano está a punto de caer al suelo. “Áhi no hay nada”, dijeron los comisarios del periódico y colgaron el material, incluida la crónica. “No son tiempos propicios para la ficción”, le dije a Rubiano, muy serio.
Pero él creía que sí. En 1981, su colección de cuentos ‘Gentecita del montón’ fue premiada por la Fundación Gubereck y Carlos Valencia Editores. Es una hermosa apología del delito de vivir. No le gustó a ciertas rémoras. A ver, ¿dónde están las masas? Hay que relatar las epopeyas del proletariado no las cucarronadas del lumpen. ¡Mucho diletante! Y todo porque Rubiano, con sutileza, se había arrimado al iceberg de la literatura y se había alejado a zancadas del albañal del panfleto.
Lectores menos ineptos apreciaron en ‘Gentecita del montón’ un distanciamiento del espíritu semirrural del cuento urbano colombiano y una aproximación poco condescendiente a la mezquindad y parvedad de la vida ordinaria. Fue, además, una apretada condensación de las lecturas perpetuas de Rubiano: el buen Capote, Faulkner, J. G. Ballard, Cortázar, Hemingway, J. D. Salinger, Cabrera Infante, Norman Mailler, Kurt Vonnegut, Herman Melville.
Rubiano se fue para Ecuador, en donde, aparte de escribir, se hizo famoso por ser el barman de la mejor taberna de salsa de Quito, Seseribó. En 1991 publicó ‘Alquimia de escritor’ (Intermedio Editores), selección de textos sobre su oficio, un clásico que se reedita cada dos por tres.
Luego aparecieron ‘El informe de Galves y otros thrillers’ (Tercer Mundo Editores), mero rock’n’roll y cinema, y ‘Vamos a matar al dragoneante Peláez’ (Espasa), ¡full Bogotá! Y en 2001, su excelente novela ‘El anarquista jubilado’ (Espasa), gozoso homenaje a la utopía y a la desilusión de las generaciones del sesenta y el setenta y pico. Ahora escribe y toma fotos, conmovedores retratos fractales de esta capital en la que exhippies, ñeros y menesterosos del común intentan vivir o rehacer sus vidas.
En un país tan caudillista como Colombia no es de extrañar que también haya caudillos en literatura (Isaacs, Vargas Vila, García Márquez, en prosa) y que otras voces igual de memoriosas, imaginativas o mágicas estén condenadas a puñados de lectores sagaces, desprevenidos e inteligentes. Es el destino de los autores de culto, como Rubiano. Dios lo bendiga y la Virgen lo acompañe.
Rabito de paja. “—Él era un cliente especial. Era escritor, sabe usted… / —No, no lo sabía —dice Poncho—. ¿Y usted sí cree que los escritores son personas normales? / —Claro, escriben sobre lo que pasa en las camas de los demás. Les gusta mirar”. ‘El anarquista jubilado’. Roberto Rubiano Vargas. (Espasa, 2001)