Una voz al amanecer / miércoles 20 de julio de 2011 / 6:03 a.m.
"It's a poem, a stink, a grating noise, a quality of light, a tone, a habit, a nostalgia, a dream". Cannery Row. John Steinbeck.
viernes, 23 de septiembre de 2011
Al amanecer
Una voz al amanecer / miércoles 20 de julio de 2011 / 6:03 a.m.
viernes, 26 de agosto de 2011
Cosa de familia
-Ay, lo que pasa es que mi mamá cuando es cosa de familia..."
Dos novios en un bus / viernes 8 de julio de 2011 / 10:39 a.m.
viernes, 26 de septiembre de 2008
La línea del menor esfuerzo
El Espectador (Bogotá), 26 Sep 2008
Rabo de paja
La línea del menor esfuerzo
Por: Esteban Carlos Mejía
Es una mujer de buen ver. Va al gimnasio cuatro veces por semana y le gusta nadar todas las mañanas en la piscina de su edificio, en las lomas de El Poblado. Por iniciativa propia, se encarga de echarle cloro al agua y de vigilar que la motobomba funcione. Hace quince piscinas y después, aún en traje de baño, se pone a preparar clase. No tiene hijos y está recién casada con un ganadero de nueva generación, que se mantiene en la finca, en Palermo, al suroeste antioqueño, y que además no se mete en sus asuntos, Dios lo bendiga.
Vamos a tardear a la cafetería de la universidad. Pide un pastel de queso derretido y dos donas de chocolate. No engorda ni aunque se lo proponga. “Es hora de olvidarnos del concepto aristotélico de la mimesis” —me dice de repente—. “¿La qué?” —respondo con genuino asombro—. Hace un fruncidito sexy con los labios y sigue sin hacerme caso. “Un escritor debe re-crear la realidad, no imitarla macarrónicamente ni fotocopiarla ni escanearla a full píxel. Un buen escritor crea belleza e inventa realidades. Si una obra literaria está bien hecha, el lector será incapaz de captar la diferencia entre ficción y realidad. Confundirá la realidad de la ficción con la realidad, llamémosla, real.”
Con elegancia se limpian las migas que han caído sobre la blusa. “Así, Macondo es y no es Aracataca. Yoknapatawpha es y no es Jefferson County, el pueblito de Faulkner. Comala trasciende la esencia de México. Angosta, de Héctor Abad Faciolince, es y no es Medellín. Hasta Santa María, de Onetti, la más mimética de estas mimesis, re-crea, no imita, al Río de la Plata. Verdades de Perogrullo, que a la mano llama puño”. Sus pupilos, sin embargo, no entienden. “Profe, entonces Sin tetas no hay paraíso y El cartel de los sapos, ¿qué?” No los he leído. Incluso tengo dudas sobre si son novelas o simples pastiches. “¡Virgen santa!” —se consuela, al ver mi displicencia, y le echa el diente a una dona—.
“Y pensar que ya circulan otros tres libros por el mismo estilo” —dice con pesar—. “¿De quién es la culpa?” —pregunto—. “De darle gusto al cluster del menor esfuerzo, un racimo de lectores que sólo sabe leer al pie de la letra. Alfabetos funcionales, de escasa o nula imaginación, domesticados por la televisión, no leen literatura, leen literalidades. Para ellos resulta más fácil imaginarse un personaje llamado Pablo Escobar o Simón Trinidad o Lara Bonilla que al coronel Aureliano Buendía. Visualizan con más rapidez los senos, ay, perdóname, las tetas de silicona de una prepago que la inexplicable hermosura de Remedios, la bella. Gracias a esta carencia de fantasía, echa barriga cierta industria editorial”.
Isabel Barragán se levanta y recoge los textos con los que trata de inspirar las lecturas de sus alumnos: Javier Marías, Cyril Connolly y el aborrecido Harold Bloom. “Definitivamente, el sadomasoquismo literario está más extendido de lo que una se imagina” —concluye no sin resignación—. “Pero fresco, amiguito, la buena literatura siempre gana al final”.
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Rabito de paja: Isabel Barragán es un personaje de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera mimesis del autor.
Rabillo de paja: Chiste callejero por todo Bogotá: “Dizque el hijo más ilustre de Salgar (Antioquia) es tan montañero que no dice Tribunal Internacional de La Haya sino Tribunal Internacional de La Haiga”.
viernes, 29 de agosto de 2008
Refugio de pecadores
Rabo de paja
Refugio de pecadores
El editor es El Gaviero, no Maqroll sino otro, inspirado en la penetrante y esquiva criatura de Mutis. Los epígrafes son cuatro, de desusada extensión, y versan sobre lo mismo: la prostitución de las mujeres. Sigue un Pórtico, firmado por Jaime Jaramillo Escobar, el X-504 de toda una vida, y luego La casa de Resfa, escrita (o resucitada, da igual) por su nieto mayor, Carlos Mario Garcés Toro.
La casa de citas de doña Resfa Toro abrió a finales de los 50 en el centro de Medellín, en Carabobo con Vélez, junto al teatro Olympia, un cine de reestreno, en lo que hoy es una congestionada esquina de quincalleros a la vera de una estación del Metro. El negocio prosperó y se trasladó a un callejón al frente de Inextra, una fábrica de detergentes, al pie de El Poblado, el barrio de los ricos. Cerró hará cinco años, derrotada por legiones de estriptiseras, masajistas y chicas prepago. Su antigua ama y señora, reclama con compostura “el epitafio digno de una célebre meretriz: / Verdadera madre, amiga, confidente, refugio de pecadores”.
“En esa casa enorme, de profusos inciensos en la tarde y discretas luces en la noche”, transcurrieron los primeros años de la vida de Carlos Mario. Allí aprendió a leer: novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía y poemas de Julio Flórez, Epifanio Mejía, Porfirio Barba Jacob. Después se encerró en la Biblioteca Pública Piloto a leer y a jugar ajedrez. Baudelaire. Rimbaud. Verlaine. Saint-John Perse. Jorge Manrique. Quevedo. Fray Luis de León. Robert Frost. Emily Dickinson. Cribó sus lecturas y se aficionó a Álvaro Mutis. De un tirón me declama Canción del este: A la vuelta de la esquina / un ángel invisible espera; / una vaga niebla, un espectro desvaído / te dirá algunas palabras del pasado. Y, ante la mirada atónita de la mesera que nos sirve el desayuno, los ojos se nos encharcan a ambos. “La poesía es un espejo, una respuesta a la existencia, aunque sin explicaciones”, dice. “Hoy no soy nada pero la nada que soy se la debo a la poesía”.
El año pasado, por los lados de la iglesia de La Veracruz, a dos cuadras de las esculturas de Botero, se topó con los restos vivientes de Mónica, la bella, la muchacha a la que amó en casa de su abuela. ¡Qué latigazo, Dios mío! Iluminado por los epitafios de Spoon River, de Edgar Lee Masters, en mes y medio compuso La casa de Resfa, 54 poemas conmovedores y descomplicados, tras la huella de Raúl Gómez Jattin, Víctor Gaviria, Adriana Cote, Elkin Restrepo y Jaime Jaramillo Escobar.
Ahora Carlos Mario, licenciado en Historia y Filosofía, es profesor en San Antonio de Prado, un corregimiento asentado en las montañas al suroccidente del Valle de Aburrá. Tiene inédito Diario de un maestro de escuela, texto que quizá sea una novela. No muestra afán. Quiere cribarlo, claro está, mientras desmenuza los recuerdos de su insólita adolescencia en el burdel más famoso de Medellín, Antioquia, tierra pródiga en putas y adulterios.
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Rabito de paja: ¿Se han puesto a pensar en el misterio de los nombres? ¿Quién es el hombre más veloz del planeta? Usain Bolt. ¿Qué quiere decir bolt en inglés? Flecha, saeta, relámpago o rayo. ¿Y cómo se llama el director científico del Jardín Botánico de Medellín? Cómo más va a ser, pues: Álvaro Cogollo.
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El Espectador, 29 de agosto de 2008
viernes, 15 de agosto de 2008
¿Agoniza Macondo?
Rabo de paja
¿Agoniza Macondo?
Por: Esteban Carlos Mejía
¡Qué vaina, hombre! Estos muchachos salen al exterior y se les suben los humos. Olvidan que son escritores y se vuelven aprendices de mercadeo: repiten, como cotorras, las babosadas de los gerentes de sus editoriales seudoplanetarias.
¿Agoniza Macondo? Si el encono es por las ventas, algo accidental a la literatura, recuerden que el libro más vendido en Colombia el año pasado fue Cien años de soledad, que cumplía 40 años de rozagante salud. Si la tirria es por una pretendida insuficiencia de García Márquez para reflejar la “vida misma”, me pregunto: ¿hasta cuándo perdurará entre nosotros la manía leninista de ver a la literatura como un espejo de la realidad? Prefiero imaginarme a los escritores de ficción como lo que son en verdad, creadores, y no meros copistas del entorno, amarga tarea a la que se dedican periodistas, historiadores, antropólogos, políticos, etcétera.
Cuando leo Cien años de soledad, su texto inconsútil –sin hilvanes ni costuras, como la túnica del Nazareno– obra maravillas en mi espíritu. No quiero que se acabe la frase que estoy leyendo, a sabiendas de que tarde o temprano llegará a su fin. Quiero que sea eterno el placer que siento, y no efímero, como por desgracia es. Dejo de ser y por unos instantes caigo a plenitud en el engaño que me propone la (buena) literatura: acepto como real algo que no lo es ni lo será nunca, algo ficticio, quimérico, el mejor invento de Melquíades. Y este artificio subsistirá mientras haya lectores que prefieran el uso de la imaginación a la mísera constatación de la miseria.
¿Acaso lo mágico, lo milagroso, lo mítico, lo legendario y lo fantástico no alcanzan para recrear las pedestres circunstancias de este país? ¿Mejor un realismo macarrónico que el realismo mágico? ¡Válgame, Dios! Descalificar a García Márquez resulta tan cándido (y tan fallido) como descalificar a Tolstói, Proust o Faulkner. Tan tonto, además, como deshonrar a Orhan Pamuk porque escribe sobre la vida provinciana en Turquía (otra nación repleta de “pornografía, drogas, prostitución y bandas callejeras”) o a Antonio Lobo Antunes porque, sin cansarse ni cansarnos, nos brinda su nostálgica visión de Lisboa y Benfica o de la guerra de Angola. Cada novelista es el demiurgo de su creación. Y punto. Lo demás son habladurías de abarroteros.
Mendoza, hazme caso, no te dejes tentar por “Aquel a quien la Biblia llama Satanás, el Adversario”, como aconseja uno de los epígrafes de tu novela. Vade retro, Satán. No confundas farándula con literatura ni marketing con crítica literaria. No te dejes llevar por la soberbia ni por la puerilidad. No digas más pendejadas, Mario. Mejor relee a García Márquez. O léelo, si es que, para tu infortunio, aún no lo has hecho, como lo dan a entender tus desdichadas declaraciones.
Rabito de paja
De Nahum Montt, el otro fulano de Gijón, no he leído nada y por eso callo. A riesgo de pecar de prejuicioso, voy a demorarme en frecuentar sus páginas. Con sus disparates sobre Macondo, me sobra y basta.
viernes, 1 de agosto de 2008
Dos izquierdas serían mejor que una
31 Jul 2008 - 8:11 pm El Espectador
Rabo de paja
Dos izquierdas serían mejor que una
Por: Esteban Carlos Mejía
¿Cómo es la izquierda de hoy en Colombia? ¿Una en dos o dos en una? ¿Su actual unidad es consecuencia de la más amplia crítica y de la más estricta autocrítica en cuestiones sustanciales como los socialismos del siglo 21, la democracia, el Estado, la soberanía nacional, el neoliberalismo, o, por el contrario, es apenas fruto de la oportunidad, las circunstancias y la coyuntura política?
A juzgar por un solo tema, —los zigzagueos y perplejidades frente a los métodos y propósitos de la llamada “insurgencia armada”—, creo que la izquierda colombiana, en la práctica, no tiene un polo sino dos.
En un polo languidece la izquierda minoritaria que cree que combinando todas las formas de lucha, vencerá. La que “no está ni a favor ni en contra de las Farc”. La que aún sostiene que “es también equivocada la idea de que la lucha armada ha perdido su vigencia en Colombia”. La que, sin pena ni gloria, añora el comunismo soviético. La que, en sigilo, considera que “el fin justifica los medios”. Para tales izquierdistas, el triunfo de la revolución justifica el narcotráfico, el secuestro, la extorsión, la aniquilación de la población civil, el reclutamiento forzoso y la violación a los derechos humanos. Para ellos, el socialismo (el fin) justifica el bandolerismo (los medios). Es el polo mamerto de la izquierda, dicho sin caridad ni cortesía, pues sus ideas y, sobre todo, sus acciones no merecen respeto sino escarnio y repudio.
El otro polo, para empezar por lo más sencillo, intenta llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo, al imperialismo norteamericano lo llama imperialismo norteamericano, y no “Imperio”, caricaturesco eufemismo sonsacado de La guerra de las galaxias con el que los Daniel Ortega y los Evo Morales —quizá la tendencia más atrasada de la izquierda latinoamericana— se refieren a Estados Unidos y sus políticas de hegemonía y globalización. Esa otra izquierda es la izquierda desarmada que denuncia a la parapolítica por su verdadero carácter, parauribismo. Una izquierda sin concesiones ni veleidades ni ambigüedades ni esguinces teóricos ni nada con la lucha armada, el foquismo guerrillero o el seudo maquiavelismo de la combinación de todas las formas de lucha. Una izquierda radicalmente civilista y a favor de un socialismo democrático y sostenible. Una izquierda opuesta a la explotación, la discriminación y la injusticia del capitalismo. Una izquierda no violenta, libertaria, pluralista, tolerante, igualitaria y pacífica. Una izquierda mayoritaria.
Por el bienestar de la sociedad colombiana sería muy bueno que estas dos izquierdas (el mamertismo y el socialismo democrático) se deslindaran y echaran a andar cada cual por su propio camino.
Rabito de paja
En este sentido, la franqueza ideológica, perspicacia política y capacidad crítica del Partido de los Trabajadores de Brasil (www.pt.org.br), el socialismo petista de Lula, son más inspiradoras que el bolivarismo de Chávez o el sandinismo de Ortega. Más estimulantes y menos lúgubres. Sin duda alguna.
viernes, 18 de julio de 2008
Doña Piedad Londoño de Chávez
Rabo de paja
Doña Piedad Londoño de Chávez
Por: Esteban Carlos Mejía
Su raciocinio es mero realismo mágico. “Como yo, Piedad Córdoba, no creo en los computadores de Raúl Reyes, entonces los computadores de Raúl Reyes no existen.” Puro y simple pensamiento salvaje, como lo registró Claude Lévi-Strauss. Para ella, la realidad es prolongación o tentáculo o reflejo de su pensamiento, no al revés.
Hace unos años a un ministro del Interior le dio un embeleco parecido. “Como yo, Fernando Londoño Hoyos, creo que ya no hay ni una mata de coca en el Putumayo, entonces, por arte de birlibirloque, ya no hay ni una mata de coca en el Putumayo”. Incluso hizo un reto: “¡muéstrenme una, si son capaces!” ¿La realidad es reflejo del pensamiento o el pensamiento es reflejo de la realidad?
El coronel golpista no se queda atrás. “Como yo, Hugo Chávez Frías, creo que Venezuela es socialista, entonces Venezuela es socialista.”¿Esquizofrenia? ¿Idealismo? ¿Harry Potter a la criolla? ¿Disfunción epistemológica? ¿Exceso de fluoxetina?
Hasta ahora, sin embargo, el campeón es europeo. “Como yo, Frederich Blassel, de Radio Suisse Romande (RSS), creo que el rescate de Íngrid y compañía es un montaje, entonces el rescate de Íngrid y compañía es un montaje”. Onanismo cósmico, más bien: una patraña en la que se pusieron de acuerdo, entre otros, Íngrid, los 11 policías y militares, los 3 gringos, el presidente Uribe, el ministro Santos, los generales Padilla de León y Montoya, Yolanda Pulecio, Melanie y Lorenzo, Juan Carlos Lecompte, Luis Eladio Pérez, Sarkozy, Carla Bruni, George W. Bush, Fidel Castro, el alcalde de París, la CNN en español, la BBC de Londres, Cristina Kirchner, Michelle Bachelet, Lula, Benedicto XVI. Y, por supuesto, las Farc con sus comandantes César y Enrique Gafas y Alfonso Cano y las guerrilleritas que custodiaban el cocal como si estuvieran en una tomatera. Los montajes son como el cohecho: siempre se necesitan dos partes: cohechadores y cohechados, los que la montan y los que se la dejan montar.
Esta deformación cognoscitiva o ideológica parece contagiosa. Rafael Correa y Daniel Ortega y Evo Morales también piensan, contra toda evidencia, que la realidad es obra y gracia de sus mentes. Como tampoco creen en los computadores de Raúl Reyes, entonces los e-mails del Mono Jojoy y de Iván Márquez son ficción. Como creen que la guerrilla aún es insurgente, entonces las Farc son comunistas como Marx y Engels. Como no creen que el pueblo colombiano se opone al bandolerismo mamerto, entonces las marchas en contra de la guerrilla son una maniobra de la embajada del “Imperio”. Creen que de sus lucubraciones personales surge el mundo material, ni más ni menos. ¡Allá ellos!
Pero casi siempre los hechos de la vida son más tozudos que la fantasía o el deseo. Puede que Piedad Córdoba no crea o no quiera creer en los computadores de Raúl Reyes… pero que los hay, los hay.
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Rabito de paja.- A la izquierda colombiana, huérfana de autocrítica, le convendría deslindarse de las alucinaciones de estos compadres, incluida la comadre, y hacer, como se acostumbraba antes, “un análisis concreto de la realidad concreta”. Aunque duela y sepa a cacho.
viernes, 4 de julio de 2008
Gentecita del montón
| 3 Julio 2008 - 8:46pm
Rabo de paja
Gentecita del montón
Por: Esteban Carlos Mejía
Sonaron unos disparos: las masas no dudaron en dispersarse. Mientras huíamos (o nos replegábamos) por las solitarias vecindades, Rubiano tuvo el pulso firme (o tembloroso) para operar su Nikkon. La fotografía aún me parece perfecta: está movida y borrosa, eso sí, y se ve un gentío que brinca acá y allá, unos se agachan despavoridos, otros alzan los puños o abren las bocas, un fulano está a punto de caer al suelo. “Áhi no hay nada”, dijeron los comisarios del periódico y colgaron el material, incluida la crónica. “No son tiempos propicios para la ficción”, le dije a Rubiano, muy serio.
Pero él creía que sí. En 1981, su colección de cuentos ‘Gentecita del montón’ fue premiada por la Fundación Gubereck y Carlos Valencia Editores. Es una hermosa apología del delito de vivir. No le gustó a ciertas rémoras. A ver, ¿dónde están las masas? Hay que relatar las epopeyas del proletariado no las cucarronadas del lumpen. ¡Mucho diletante! Y todo porque Rubiano, con sutileza, se había arrimado al iceberg de la literatura y se había alejado a zancadas del albañal del panfleto.
Lectores menos ineptos apreciaron en ‘Gentecita del montón’ un distanciamiento del espíritu semirrural del cuento urbano colombiano y una aproximación poco condescendiente a la mezquindad y parvedad de la vida ordinaria. Fue, además, una apretada condensación de las lecturas perpetuas de Rubiano: el buen Capote, Faulkner, J. G. Ballard, Cortázar, Hemingway, J. D. Salinger, Cabrera Infante, Norman Mailler, Kurt Vonnegut, Herman Melville.
Rubiano se fue para Ecuador, en donde, aparte de escribir, se hizo famoso por ser el barman de la mejor taberna de salsa de Quito, Seseribó. En 1991 publicó ‘Alquimia de escritor’ (Intermedio Editores), selección de textos sobre su oficio, un clásico que se reedita cada dos por tres.
Luego aparecieron ‘El informe de Galves y otros thrillers’ (Tercer Mundo Editores), mero rock’n’roll y cinema, y ‘Vamos a matar al dragoneante Peláez’ (Espasa), ¡full Bogotá! Y en 2001, su excelente novela ‘El anarquista jubilado’ (Espasa), gozoso homenaje a la utopía y a la desilusión de las generaciones del sesenta y el setenta y pico. Ahora escribe y toma fotos, conmovedores retratos fractales de esta capital en la que exhippies, ñeros y menesterosos del común intentan vivir o rehacer sus vidas.
En un país tan caudillista como Colombia no es de extrañar que también haya caudillos en literatura (Isaacs, Vargas Vila, García Márquez, en prosa) y que otras voces igual de memoriosas, imaginativas o mágicas estén condenadas a puñados de lectores sagaces, desprevenidos e inteligentes. Es el destino de los autores de culto, como Rubiano. Dios lo bendiga y la Virgen lo acompañe.
Rabito de paja. “—Él era un cliente especial. Era escritor, sabe usted… / —No, no lo sabía —dice Poncho—. ¿Y usted sí cree que los escritores son personas normales? / —Claro, escriben sobre lo que pasa en las camas de los demás. Les gusta mirar”. ‘El anarquista jubilado’. Roberto Rubiano Vargas. (Espasa, 2001)
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Esteban Carlos Mejía
sábado, 21 de junio de 2008
$13.477,20 por segundo
Una ganancia casi inverosímil, complicada de captar, en especial a mentes acostumbradas a la tacañería del salario mínimo: 425.000 millones de pesos al año. Esto es, $1.164’430.137 por día, suponiendo que el banco hubiera trabajado sin parar a sol y sombra, 365 veces al año: más de mil millones de pesos por día. Esto es, $48’517.922 por hora, volviendo a suponer que los empleados del banco no almuerzan ni sus vigilantes, revólver en mano, hacen siesta. Más de 48 millones de pesos por hora. Esto es, $808.632 por minuto. O sea, para abreviar los cálculos de este nuevo y ácido índice financiero, $13.477,20 por segundo. Ahora sí: utilidad acumulada neta sin consolidar de Bancolombia: trece mil cuatrocientos setenta y siete pesos con veinte centavos por segundo.
Cuente hasta 10 para que se le pase el asombro o la rabia. ¿Ya contó? Pues, ahí Bancolombia se ganó $134.772. Si le parece poco, como a algunos, entonces tenga en cuenta que mientras usted lee esta columna hasta este punto (marcado con una estrellita, *) han pasado, contados a la carrera, unos 180 segundos, suponiendo que usted haya sido capaz de leer sin titubear la cifra de utilidades por día, $1.164’430.137, mil ciento sesenta y cuatro millones cuatrocientos treinta mil ciento treinta y siete pesos, moneda legal. Lo que da, damas y caballeros, $13.477,20 por 180 segundos: $2’425.896. Casi dos millones y medio de pesos mientras leía hasta la estrellita. Mejor lea más rápido, sin respirar, tráguese uno o dos mil millones y ahórrese el signo $. O más despacio, peso a peso, si por casualidad es accionista del banco.
¡Qué utilidad, Dios mío! $13.477,20 por segundo: una cifra colosal: un lucro fabuloso. Creo yo, gentecita del montón. No piensa igual Jorge Londoño Saldarriaga, presidente de Bancolombia: “Todos los negocios buscan la rentabilidad del capital y, téngalo por seguro, la de las instituciones financieras no es la más alta del país”. (El Espectador, 8 de junio de 2008). Vuelva a leer, a $13.477,20 por segundo: la rentabilidad del capital de las instituciones financieras, entre las cuales sobresale Bancolombia, no es la más alta del país. Y no lo digo yo, téngalo por seguro.
¿Se embolsillan $13.477,20 por segundo y todavía les parece poco? Con razón tienen el eslogan que se merecen, esa pregunta de arribistas a la que, por ignorancia o por descuido, le suprimieron el signo de interrogación de apertura, en contravía de las modestas y de por sí poco rentables normas de ortografía de la lengua española: Qué tan alto quieres llegar?
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Rabito de paja.- Confiemos, quién quita, en la justicia poética: “Porque es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios”: Lucas 18: 25.
viernes, 6 de junio de 2008
Serás taxista
| 5 Junio 2008 - 8:32pm
Rabo de paja
Serás taxista
Por: Esteban Carlos Mejía
No me crea tan pendejo, digo, y nos reímos juntos. A los taxistas les sobra marrulla, memoria o desmemoria, fetichismo: mera recocha.
Y no me refiero a ellos como seres de carne y hueso ni mucho menos como “personificación de categorías económicas”, al gusto del astuto Marx, ni siquiera como “representantes de determinados intereses”. No, como el anofeles ayuda a transmitir el paludismo, los taxistas transmiten, sin querer queriendo, la ignorancia acumulada y las leyendas urbanas, estereotipos, prejuicios y absurdos que conforman nuestro imaginario colectivo.
Fueron, por ejemplo, los primeros en reclamar que a este país le hacía falta un Fujimori. Ahora que tenemos uno dicen que es un berraco. Y pobrecito del que se atreva a llevarles la contraria. ¿Y los paracos? Un mal menor. Me ofusco: ¿pero acaso no son iguales a la guerrilla, el mal mayor? Confunda pero no ofenda, amigazo.
Tratan a los muertos como si estuvieran vivos. Carlos Gardel no se achicharró en un accidente en el campo de aviación hace ya más de setenta años. Ni la Policía mató a Pablo Escobar en el techo de la casa donde se escondía. Carlos Castaño aún vive, al igual que su hermanito Rambo. Ahora que está temblando, en la China y en Quetame, se acuerdan del ‘batolito antioqueño’, un incomprobable manto subterráneo que protege a Medellín y a sus empinadas laderas contra cualquier seísmo.
Sus perspectivas políticas son arrevesadas, por lo demás: Fajardo fue mejor alcalde que LuPe, sí, pero, se lamentan con nostalgia, ‘los políticos de antes robaban y dejaban robar’. ¿El mejor presidente de Colombia? Qué bobada, eso no se pregunta. Lástima que no sea vitalicio. ¿Ah, sí?, digo, por no quedarme callado. ¿Y las alzas en la gasolina? La culpa es de Chávez, patroncito.
Creen en lo que quieren creer, y se lo hacen creer a sus clientes, con una convicción que podría ser poética si no fuera patética. Los pasajeros, cándidos habitantes de Macondo, se bajan del taxi y repiten por doquier lo que han oído, en una propagación casi fractal de exageraciones sin sentido y de opiniones sin pies ni cabeza.
Cabeceo con escepticismo. Mi percepción es distinta, digo. Me miran por el retrovisor con misericordia. A usted le falta fe, amigazo. Si la vida le parece berraca, póngase a manejar taxi y verá. Al cabo de doce o catorce o más horas al volante, a duras penas alcanza para pagar gasolina, lavada, brillada, cuota, mercado, útiles del colegio, alquiler, servicios públicos, sin contar lo que le toca al dueño del carro. No queda ni para ir a ver jugar al Nacional, papá. Además toca aguantarse a los azules con sus multas y contravenciones y el pico y placa y los tacos y las obras de Metroplús y las pirámides de la Oriental y a los incrédulos como usted. ¿Sabe qué le dijo Dios a Adán cuando lo echó del paraíso? ¡Serás taxista, hijuemadre!
Rabito de paja.- ¿Quién hizo el mejor tiempo en la etapa contrarreloj de la reciente Vuelta a Colombia? Hernán Buenahora. ¿Quién más iba a ser?
* Novelista y periodista antioqueño.
viernes, 23 de mayo de 2008
¡Ay, quién tuviera 4 pesitos!
Rabo de paja
¡Ay, quién tuviera 4 pesitos!
Por: Esteban Carlos Mejía
Y a renglón seguido aseveró que antes de las presidencias de Álvaro Uribe Vélez, “aquí no se podía ir a las fincas, no se podía hacer agricultura y ganadería, ni turismo, ni salir (…) El que tenía cuatro pesos los invertía por fuera”.
Eso sí es hablar con propiedad. Fincas, ganados, viajes, inversiones. Pero ¿quién tiene fincas en este país? ¿Los campesinos de Carimagua? No creo. ¿Los sindicalistas de la CUT? Lo dudo: son pobres de cuna. ¿Los pasajeros que se apretujan mañana, tarde y noche en Transmilenio? ¿Los profesores de primaria? ¿Los paramédicos? ¿Los choferes de bus? ¿Los mototaxistas de Montería y Barrancabermeja? No charle pesado, maestro. Ni ellos ni los empleados de la rama jurisdiccional ni los venteros ambulantes ni los policías ni soldados de la Patria ni los millones de habitantes de esta bodega o ex bodega de excrementos llamada Colombia, tienen fincas. Las haciendas, obvio, son de los hacendados. En Córdoba, los Llanos Orientales, el César. La tierra no es de los campesinos que la trabajan, vana ilusión revanchista, la tierra es de los terratenientes. ¿Y quiénes son los principales terratenientes en este país? Pues, según parece, los mafiosos. Que ahora, según se deduce de lo dicho por don Fabio, ya pueden volver a sus haciendas a hacer lo que siempre han hecho.
¿Y quién tiene cuatro pesos? A ver, ¿quién? ¿Los trabajadores de Coltejer? Todavía no: tal vez más tarde, cuando sean propietarios de más del 60% de una empresa al borde de la quiebra, pues acá es costumbre socializar las pérdidas y privatizar las utilidades ¿Entonces? ¿Los emigrados en Nueva York y Miami que se matan trabajando para poder mandar exiguas remesas a sus casas en Cali o Medellín o Bogotá? ¿O los miles de creyentes en pirámides y ouijas? ¡Ay, ojalá me sobraran 4 pesitos! Los invertiría acá en la Patria, con más gusto que un diablo, y no los sacaría al exterior, como dice don Fabio que había que hacer antes cuando aún no nos habían empezado a restregar con estropajo y jabón de barra. ¡Cuatro pesitos! Tocará conseguirlos.
Porque “el ambiente es hoy de confianza nacional e internacional”. Lo jura y rejura don Fabio, caballero de industria y ex presidente de una de las asociaciones de empresarios más prepotentes de este país: gracias a Álvaro Uribe y su compañía de aseo, reciclaje y limpieza (regadera, jabón, estropajo y cepillo de alambre, ¡eso sí!), Colombia ya no es el albañal de antes, con la inmundicia a flote, sino un paraíso… el paraíso de los que tienen fincas, ganados y cuatro pesitos para invertir. Bendito sea mi Dios.
Rabito de paja: “¿Qué hay en un nombre?” se preguntaba con deleite, en estas misma páginas de opinión, hace ya algunos años, el buenazo de Antonio Panesso Robledo. Por ejemplo, ¿cómo se llama el presidente del Banco Santander de España, acusado por un fiscal de cometer un delito fiscal en la compra de Banesto, uno de sus principales competidores? Emilio Botín. Tal cual: botín, “beneficio que se obtiene de un robo, atraco o estafa” ¿Qué diablos hay en un nombre? Un rabito de paja.
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Esteban Carlos Mejía
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viernes, 26 de octubre de 2007
Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos / Carlos Martínez Rivas
Con el redoble de un tambor
en el centro de una pequeña Plaza de Armas,
como si de los funerales de un Héroe se tratara;
así querría comenzar. Y lo mismo
que es ley en el Rito de la Muerte,
de su muerte olvidarme y a su vida,
y a la de los otros héroes apagados
que igual que él ardieron aquí abajo, volverme.
Porque son muchos los poetas jóvenes que antaño han muerto.
A través de los siglos se saludan y oímos
encenderse sus voces como gallos remotos
que desde el fondo de la noche se llaman y responden.
Poco sabemos de ellos: que fueron jóvenes y hollaron
con sus pies esta tierra. Que supieron tocar algún instrumento.
Que sintieron sobre sus cabezas el aire del mar
y contemplaron las colinas. Que amaron a una muchacha
y a este amor se aferraron al extremo de olvidarse de ellas.
Que todo esto lo escribían hasta bien tarde, corrigiendo mucho,
pero un día murieron. Y ya sus voces se encienden en la noche.
II
Sin embargo nosotros, Joaquín, sabemos
tanto de ti. Sé tanto… Retrocedo
hasta el día aquel en brazos de tu aya
en que, de pronto, te diste cuenta de que existías.
Y ante ese percatarte fuiste y fueron tus ojos
y el ver más puro fue que hasta entonces sobre
los seres se posara.
No obstante, los mirabas
sólo con una boba pupila sin destino,
sin retenerlos para el amor o el odio.
(Aún tus mismas manitas sabían ser más hábiles
en eso de coger un objeto y no soltarlo).
Una mañana te llevaron a una peluquería, en donde
te sentaron muy serio, y todo el tiempo
te portaste como un caballerito
y bromearon contigo los clientes. Todo esto
mientras te cortaban los bucles y te hacían
parecer tan distinto.
A la calle saliste después.
A la otra calle y a la otra edad, en la que se le pintan
bigotes a la Gioconda de Leonardo
y se es greñudo y cruel..
Mas luminosa irrumpe pronto la juventud.
Después, todos sabemos lo demás: el impuesto
que las cosas te cobraban. El fluir de los seres
que a tu encuentro acudían por turno, cada uno
con su pregunta
a la que tú debías responder con un nombre
claro, que en sus oídos resonara distinto
entre todos los otros, y poder ser sí mismos;
como sabemos que a Iaokanann llegaban
los hombres más oscuros, a recibir un nombre
con el que desde entonces
pudieran ser llamados por Dios en el desierto.
Y ése fue en adelante tu destino.
Por el que no podrías
ya nunca más mirar libremente la tierra.
Un mal negocio, Joaquín.
Por él supiste
que ante todas las cosas en que te detuvieras
el tiempo mandado, temblarías.
Que bastaba mirarlas
con los ojos que se te dieron un tiempo decoroso
para que se tornaran atroces:
el fulgor de un limón.
El peso sordo de una manzana.
El rostro pensativo del hombre.
Los dos senos jadeantes, pálidos, respirando
debajo de la blusa de una muchacha que ha corrido;
la mano que alcanza. Hasta las mismas palabras…
Todo había una esencia dentro de sí.
Un sentido
sentado en su centro, inmóvil, repitiéndose
sin menguar ni crecer,
siempre lleno de sí, como un número.
Y esa lista de nombres y esa suma total tú la tendrías
que hacer para el día de la ira o el premio.
Y al hacerla, pasar tú a ser ella misma.
Porque también te dieron a ti un nombre. Para
que de todo esto lo llenaras como un vaso precioso.
Que de tal modo dentro de ti lo incluyeras
-las noches estrelladas, las flores,
los tejados de las aldeas vistos desde el camino-
que al nombarlo te nombraras
tú: suma total de cuanto vieras.
Y para todo esto sólo se te dieron palabras,
verbos y algunas vagas reglas. Nada tangible.
Ni un solo utensilio de esos que el refriegue
ha vuelto tan lustrosos. Por eso pienso que
quizá -como a mí a veces- te hubiese gustado más pintar.
Los pintores al menos tienen cosas. Pinceles
que limpian todos los días y que guardan en jarros
de loza y barro que ellos compran.
Cacharros muy pintados y de todas las formas
que ideó para su propio consuelo el hombre simple.
O ser de aquellos otros que tallan la madera;
los que en un mueble esculpen una ninfa que danza
y cuya veste el aire realmente agita.
Pero es cierto que nunca
rigió el hombre su propio destino. Y a la dura
tarea mandada te entregaste del modo
más honorable que he conocido. Eso sí,
tú sabías bien en qué te habías metido.
A los obreros viste cuando van a la tienda. Observaste
cómo examinan ellos las herramientas y palpan el filo
y entre todos eligen una, la única: la esposa
para el alto lecho de los andamios.
De este modo elegías tú el adjetivo
debido, la palabra, y el verso cuyos rítmicos
pasos como los de un enemigo acechabas.
Hacer un poema era planear un crimen perfecto.
Era urdir una mentira sin mácula
hecha verdad a fuerza de pureza.
III
Pero ahora te has muerto. Y el chorro de la gracia contigo.
Mas dicho está, que nunca permitió Dios que aquello
que entre los mortales noblemente ardiera
se perdiese. De esto vive nuestra esperanza.
Difícil es y duro el luchar contra el Olimpo
acuoso de las ranas. Desde muy niños son
entrenados con gran maestría para el ejercicio de la Nada.
Mucho hay que afanarse porque lo otro
sea advertido. Y aun así, pocos son
los que entre el humo y la burla lo reconocen.
Pero, con todo, perseveramos, Joaquinillo. Descuida.
Redoblaremos nuestro rencor ritual, el de la cítara.
Nuestro alegre odio a saltitos.
La nuestra víbora de los gorgeos.
Y el Amor ganará.
Tú deja que tu sueño mane tranquilo.
Y si es que a algo has hecho traición muriendo,
allá tú.
No seré yo quien vaya a juzgarte. Yo, que tantas
veces he traicionado.
Por eso
no levanto mi voz tampoco contra la Muerte.
La pobre, como siempre, asustada de su propio poder
y de tantos ayes en torno al muerto, enrojece.
Tu muerte solamente tú te la sabes.
No atañe a los vivos su enigma, sino el de la vida.
Mientras vivamos sea ella olvidada como si eternos [fuéramos,
y esforcémonos.]
Tú, desde el Orco, gallo, despiértanos.
IV
Y a igual manera que las abejas de Tebas
-conforme el viejo Eliano cuenta- iban
a libar miel en labios del joven Píndaro;
llegue este canto hasta la pálida cabeza.
En tu pecho se pose y tu pico su pico hiera
sorbiendo fuego. En torno de tu frente aletee
tejiendo sobre ella una invisible corona.
Sus alas bata con más fuerza y hiendan
un espacio más alto sus noble giros.
El esfuerzo repita. Y otra vez. Y otra… Y su vuelo
por el cielo se extienda en anchos círculos.
Madrid, febrero de 1947
jueves, 4 de octubre de 2007
Julio Scherer García
Odio a los impostores...
Luciano de Samosata
Odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios y a toda la raza de los malvados, que son innumerables, como sabes...
Pero conozco también a la perfección el arte contrario a éste, o sea, el que tiene por móvil el amor: amo la belleza, la verdad, la sencillez y cuanto merece ser amado.
Sin embargo, hacia muy pocos debo poner en práctica tal arte, mientras que debo ejercer para con muchos el opuesto. Corro así el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de ir conciendo demasiado bien el otro.
viernes, 21 de septiembre de 2007
La ficción es una rica complejidad, John Cheever
John Cheever. / En una entrevista a Sequoia, revista literaria de la Universidad de Stanford, 1976, citada en el prólogo de George W. Hunt a Thirteen Uncollected Stories, 1994, Academy Chicago Publishers. Versión en español: El hombre al que amó y otros cuentos dispersos. punto de lectura, julio 2007. Traducción de Magdalena Holguín.
martes, 18 de septiembre de 2007
Rubem Fonseca e seu duplo
Novo romance joga com fama de autor arrediode
Cláudia Nina. Jornal do Brasil, 12/4/03
Enquanto Rubem Fonseca se esforça ao máximo por parecer invisível, fugindo de câmeras e entrevistas, seu duplo, o narrador que lhe serve de alter ego em muitos de seus livros, é indisfarçavelmente um narcisista profissional. Não é novidade dizer que a literatura do autor reflete sobre si mesma (ela também narcisista) e nem que o narrador-personagem inúmeras vezes escreve enquanto é escrito. Também não é novidade que Rubem Fonseca goste de se repetir a cada nova obra. O diário de um fescenino, o mais recente romance, é mais um exemplo de tudo isto: o livro dentro do livro, a reflexão sobre a própria escrita, o narrador exibido e os elementos de sempre - o grotesco, muito sexo, crimes e suspense.
A repetição não diminui em nada a obra. Comparações com livros mais elaborados do autor, como Agosto, Vastas emoções, Bufo & Spallanzani, A grande arte, entre outros, parecem desnecessárias. O que importa é que Rubem Fonseca está de volta. Não aos contos, mas com um texto que faz a mistura de romance e diário. Ou um romance em forma de diário. É bom demais reencontrar aqui o que já se viu antes e reconhecer o traço, as tiradas geniais, o humor e a total liberdade em se mostrar - o narrador, não o autor - despuradoramente no centro de suas próprias atenções. Explica-se por que o narrador e não o autor: O diário de um fescenino, antes de ser algo semelhante às confissões de um sedutor ou às memórias de um obsceno, é uma ardilosa reflexão sobre o autor e os seus duplos; sobre os limites da ficção e a intromissão da arte literária na vida de quem a cria, da própria ficção como rede, em que personagens e criadores parecem atados num mesmo nó.
Quem escreve é Rufus (qualquer relação com o nome do autor é mera distração), escritor de livros sem diálogos, pois, como defende, ''o diálogo é sabidamente um recurso de escritores medíocres''. Um alter ego impiedoso, ingrato e irônico com seu criador, pois raros escritores são tão bons e convincentes nos diálogos como Rubem Fonseca. Ao escrever o diário, Rufus tenta exercitar esse ''pobre recurso'', contando um pouco do que lhe acontece numa rotina povoada de mulheres e traições. Os detalhes calientes dos encontros amorosos ganham, como sempre, um infalível tom de humor perverso, como nos momentos em que descreve os corpos das amadas: ''Henriette me esperava com uma lingerie que imaginava sedutora. Odeio esse tipo de roupa íntima consagrada pela moda e pela mídia, com rendinhas, enfeites, modelos que pretendem ser instigantes deixando um pedaço de bunda de fora, logo a parte mais feia, aquela com sua dobrinha frouxa.(...) A bunda perfeita é uma raridade.''
Mas o diário é só superficialmente o relato de um itinerário amoroso de um cabotino ''espalhador de sementes'', como ele se auto-define. Na verdade, Rufus planeja escrever um Bindungsroman, um romance de formação, algo muito mais nobre e importante do que aquele ''diário chinfrim''. Enquanto o tal romance não acontece, porém, é a confissão mesma que se desenrola. Entre um encontro sexual e outro, Rufus crava uma adaga afiada no escritor-mito e nos responsáveis pela idolatria aos autores. ''Idealizam o idiota que escreve, se apaixonam por um mito, esperam que ele realize seus delírios alegóricos. Os escritores são maus amantes, maus amigos, má companhia.'' Ao mesmo tempo em que utiliza frases de seus próprios livros ao se aproximar das mulheres, tenta se afastar do que escreveu. ''Nada tenho a ver com as coisas que são ditas nos meus livros.''
A reflexão vai ficando mais complexa à medida que Rufus se torna vítima de uma cilada e é acusado de crime de estupro (entra em cena o romance policial) e sua ficha literária recai sobre ele, pois os policiais e os juízes o acusam com base nos delitos sexuais que cometeu enquanto autor de suas histórias. Rufus acusa leitores e críticos de sofrerem de uma doença: a síndrome de Zuckerman, em referência ao personagem de Philip Roth e ao fato de muitos leitores associarem o narrador não apenas a um provável alter ego, mas ao próprio autor, responsável, por transferência, pelos mesmos atos de seus personagens. Rufus dá um recado especial aos críticos: ''Todo leitor padece desse mal, mesmo aquele que tem como profissão a crítica literária.''
Repleto de citações, pinçadas de outros autores que também fizeram suas confissões, reais ou fictícias, O diário de um fescenino é sobretudo um delicioso diálogo entre obras, biografias, personagens e autores duplicados pela escrita. Cotidiano e imaginação: onde termina um e começa o outro? A resposta vem do próprio Rufus: ''Quanto a mim, se não uso a minha imaginação, como neste instante, e falo apenas da realidade, estou sendo simplesmente o rabiscador de um diário, um registrador cotidiano e fidedigno de uma jornada de ocorrências, experiências e observações. Não sou um verdadeiro autor, ao escrever este diário. Literatura é imaginação.''
É claro que um livro de Rubem Fonseca que se preze tem sempre um caso policial no meio. E o narrador-personagem em questão acaba muito enrolado num desfecho crucial. O mais interessante em tudo isso, e o que consagra afinal um autor de estilo próprio, é a capacidade de enredar história e reflexão sem perder um segundo o controle do texto, num comando enxuto e irônico que marca toda obra. Sem firula. Mas também hábil nas palavras para não cair num simplismo frio e distante.
A desconstrução do gênero policial, questionando a própria narrativa ao mesmo tempo em que é escrita, uma das assinaturas de Rubem Fonseca, faz sua literatura duplicar-se, num requintado espelhamento. Mas não só a obra. É o paradoxo do narcisismo: enquanto o autor real mantém-se oculto, arredio e invisível, seus livros fazem o inverso ao homenagearem a si mesmos. Rubem Fonseca é, portanto, um autor duplicado.
jueves, 13 de septiembre de 2007
El día del Juicio Final
Cómo se debe leer un libro / El lector corriente II. Virginia Woolf.
Citado por Harold Bloom, en El canon occidental, Anagrama, 1995, página 453.