jueves 23 de octubre de 2008
A Roosevelt, por Rubén Darío
que habría que llegar hasta ti, Cazador,
primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil, te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de Energía
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que donde pones la bala
el porvenir pones.
No.
Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: Las estrellas son vuestras.
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.
Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Nezahualcóyolt,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del grande Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española
la América en que dijo el noble Guatemoc:
"Yo no estoy en un lecho de rosas"; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra, y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
De Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas.
viernes 26 de septiembre de 2008
La línea del menor esfuerzo
El Espectador (Bogotá), 26 Sep 2008
Rabo de paja
La línea del menor esfuerzo
Por: Esteban Carlos Mejía
Es una mujer de buen ver. Va al gimnasio cuatro veces por semana y le gusta nadar todas las mañanas en la piscina de su edificio, en las lomas de El Poblado. Por iniciativa propia, se encarga de echarle cloro al agua y de vigilar que la motobomba funcione. Hace quince piscinas y después, aún en traje de baño, se pone a preparar clase. No tiene hijos y está recién casada con un ganadero de nueva generación, que se mantiene en la finca, en Palermo, al suroeste antioqueño, y que además no se mete en sus asuntos, Dios lo bendiga.
Vamos a tardear a la cafetería de la universidad. Pide un pastel de queso derretido y dos donas de chocolate. No engorda ni aunque se lo proponga. “Es hora de olvidarnos del concepto aristotélico de la mimesis” —me dice de repente—. “¿La qué?” —respondo con genuino asombro—. Hace un fruncidito sexy con los labios y sigue sin hacerme caso. “Un escritor debe re-crear la realidad, no imitarla macarrónicamente ni fotocopiarla ni escanearla a full píxel. Un buen escritor crea belleza e inventa realidades. Si una obra literaria está bien hecha, el lector será incapaz de captar la diferencia entre ficción y realidad. Confundirá la realidad de la ficción con la realidad, llamémosla, real.”
Con elegancia se limpian las migas que han caído sobre la blusa. “Así, Macondo es y no es Aracataca. Yoknapatawpha es y no es Jefferson County, el pueblito de Faulkner. Comala trasciende la esencia de México. Angosta, de Héctor Abad Faciolince, es y no es Medellín. Hasta Santa María, de Onetti, la más mimética de estas mimesis, re-crea, no imita, al Río de la Plata. Verdades de Perogrullo, que a la mano llama puño”. Sus pupilos, sin embargo, no entienden. “Profe, entonces Sin tetas no hay paraíso y El cartel de los sapos, ¿qué?” No los he leído. Incluso tengo dudas sobre si son novelas o simples pastiches. “¡Virgen santa!” —se consuela, al ver mi displicencia, y le echa el diente a una dona—.
“Y pensar que ya circulan otros tres libros por el mismo estilo” —dice con pesar—. “¿De quién es la culpa?” —pregunto—. “De darle gusto al cluster del menor esfuerzo, un racimo de lectores que sólo sabe leer al pie de la letra. Alfabetos funcionales, de escasa o nula imaginación, domesticados por la televisión, no leen literatura, leen literalidades. Para ellos resulta más fácil imaginarse un personaje llamado Pablo Escobar o Simón Trinidad o Lara Bonilla que al coronel Aureliano Buendía. Visualizan con más rapidez los senos, ay, perdóname, las tetas de silicona de una prepago que la inexplicable hermosura de Remedios, la bella. Gracias a esta carencia de fantasía, echa barriga cierta industria editorial”.
Isabel Barragán se levanta y recoge los textos con los que trata de inspirar las lecturas de sus alumnos: Javier Marías, Cyril Connolly y el aborrecido Harold Bloom. “Definitivamente, el sadomasoquismo literario está más extendido de lo que una se imagina” —concluye no sin resignación—. “Pero fresco, amiguito, la buena literatura siempre gana al final”.
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Rabito de paja: Isabel Barragán es un personaje de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera mimesis del autor.
Rabillo de paja: Chiste callejero por todo Bogotá: “Dizque el hijo más ilustre de Salgar (Antioquia) es tan montañero que no dice Tribunal Internacional de La Haya sino Tribunal Internacional de La Haiga”.
viernes 12 de septiembre de 2008
¡Sindéresis, hombre!
El Espectador, 12 de septiembre 2008
Rabo de paja
¡Sindéresis, hombre!
Por: Esteban Carlos Mejía
Sindéresis es la capacidad natural de los seres humanos para juzgar rectamente y con acierto. De creerle al venerable padre Luis de la Puente, de la Compañía de Jesús, en sus Obras Espirituales, de principios del siglo XVII, la sindéresis “es un perpetuo despertador que nunca duerme, un continuo predicador que nunca enmudece y un ayo que siempre anda en nuestra compañía, exhortándonos a la virtud y apartándonos del vicio”. Si hacemos buenas obras, nos aprueba, alaba y premia con la paz de la buena conciencia. Al contrario, si caemos en culpa, “nos reprende y castiga con el remordimiento” y nos previene de volver a pecar, como “vicaria y lugarteniente de Dios”. Cosa seria, pues. Asunto de inescrutables teologías, desde San Agustín hasta el nuevo Catecismo de la Iglesia católica pasando por Santo Tomás de Aquino. En palabras terrenales sindéresis es discreción, cordura, raciocinio, tacto, juicio, discernimiento: “La prudencia, que hace verdaderos sabios”. Quien tiene sindéresis, tiene la sartén por el mango, aunque la manteca pringue. Y a diferencia de ubérrimo y hecatombe, no es otra grecoantioqueñada aunque parezca.
Hoy en día, sin embargo, no abunda entre quienes nos gobiernan. “La Fiscalía en Medellín es un desastre, una infiltración de la mafia, ¡una vergüenza!”, grita el ciudadano Presidente, y se le olvida que el director de esa seccional era cuota política (y hasta familiar) de su ministro del Interior y Justicia. “El periodista Daniel Coronell ocultó durante años las pruebas de un delito”, se enfurece, y olvida que el delito es nada menos que el cohecho impropio que lo llevó a la Presidencia en segundas nupcias. “¿Bandera blanca? No se la hemos dado al terrorismo, mucho menos a la Corte Suprema”, gruñe desapacible. “Las penas a los extraditados son minúsculas”, se lamenta, y el embajador gringo, simpatía aparte, le recuerda quién es el dueño de la finca y quién el mayordomo.
No soy nadie para pedirle o darle tregua a este Patrón desbocado y arisco. Por mí, mientras más rápido salgamos de esta democracia profunda en sectarismo y fanatismo, mucho mejor. Pero ojalá, siquiera por una vez, se dignara acatar la voz de la vicaria y lugarteniente de Dios: ¡sindéresis, hombe Uribe! ¡Sindéresis!
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Rabito de paja: Ahora bien, si le da tanta lidia quedarse callado y actuar con juicio, por lo menos, no grite. Como dice J. M. Coetzee en Diario de un mal año, “gritar no es simplemente hablar desgañitándose. No es un medio de comunicación en absoluto, sino una manera de ahogar las voces de nuestros rivales. Es una forma de agresividad, una de las más puras que existen, fácil de practicar y enormemente eficaz. (…) Una de las primeras cosas que deberíamos aprender en el proceso de convertirnos en seres civilizados: no gritar”.
